A 17 años del accidente del supersónico Concorde

Fue durante el año 1956 cuando comenzó el sueño de poner en el cielo un avión civil capaz de volar a velocidades supersónicas y renovar el sueño de una época que vivía el glamour aeronáutico a pesar de las carencias y retos en materia de seguridad operacional.

Dos países se unieron para comenzar el desarrollo del avión supersónico, sería Reino Unido y Francia las naciones quienes podrían todo su arsenal ideológico y económico para crear una de las máquinas más sorprendentes de la aviación contemporánea.

Dos mentalidades distintas –que hasta en el nombre no eran capaces de ponerse de acuerdo- comenzaron en 1962 a desarrollar el “Concordia”, que fue evolucionando inicialmente con el nombre de “Concord” (en inglés) y finalmente quedó como “Concorde” en francés.

Ciertamente, esta no sería la primera aeronave civil comercial, los rusos preparaban el proyecto Tupolev Tu-144, que compartía ciertas similitudes, pero era una aeronave más grande y con mayor capacidad de autonomía.

También los Estados Unidos desarrollo el Boeing 2707, que solamente fue un avión de papel que se quedó en los bocetos y posteriormente en una maqueta que serviría únicamente para desecharse; el fabricante estadounidense nunca vio un futuro para un segmento de tal envergadura.

Cada uno de los países, Reino Unido y Francia, comenzaron la repartición de las labores y divididos por el Canal de la Mancha, trabajaba a marchas forzadas para lograr que el 11 de diciembre de 1967 –casi diez años después del inicio de la idea- fuera presentado ante cientos de invitados el elegante y poderoso Concorde en Toulouse, Francia.

Ese día mostraba un diseño estético, fuselado, elegante, poderoso, poco antes visto y con cuatro enormes motores desarrollados por Rolls-Royce y SNECMA.

Tan sólo 15 meses después, el 2 de marzo de 1969, despegó por primera vez el Concorde, desde las pistas 33L/15R del Aeropuerto de Toulouse, Francia. Fueron 205 nudos los que pudo observar esa tarde la tripulación del vuelo inaugural en su indicador de velocidad, para hacer la rotación y saborear un triunfo que duro casi 30 minutos a 10.000 pies de altitud.

Ambos países tenían pedidos de intención por un total de 79 aviones, que llegarían a diversas compañías en prácticamente todo el mundo; Air Canada, Air France, British Overseas Airways Corporation, BOAC, Japan Airlines, Qantas, TWA, United Airlines, Pan Am, American Airlines y otras tantas más, fueron las aerolíneas interesadas en adquirir el avión supersónico.

Si bien desde un inicio el Concorde alcanzó la gloria y continúa siendo el único avión supersónico civil, los problemas comenzaron cuando esas cartas intención de pedidos comenzaron a disminuir, haciendo cambios de “último momento” que afectarían financieramente al proyecto.

Para el 21 de enero de 1976, de manera simultánea, el Concorde F-BVFA de Air France despegaba por primera vez sirviendo un vuelo comercial desde el Internacional de Charles de Gaulle hacia Dakar y Río de Janeiro y el G-BOAAA de British Airways, despegaba de Londres con destino a Bahrein.

Fueron varios los destinos regulares atendidos por los únicos 22 Concorde que se fabricaron; Ciudad de México, Washington, Caras, Barbados, Miami, Singapur, Toronto, Nueva York, París y Londres, principalmente, vieron la llegada de estos veloces equipos.

El tiempo y las necesidades del mercado convirtieron a este gran revolucionario de la industria aeronáutica, en una pieza digna de museo, más que un caballo de batalla para las aerolíneas. Los elevados costos de operación hacían insostenible seguirlos volando.

Fue el 25 de julio del año 2000, sin duda una fecha decisiva… el Concorde no volvería a volar.

Lo ocurrido la tarde de ese martes en el Aeropuerto Charles de Gaulles con el BAC Concorde 101 de Air France, matrícula F-BTSC con destino al Aeropuerto Internacional de Nueva York John F. Kennedy, cambiaría el rumbo de los vuelos supersónicos.

El avión despegaba con máxima potencia con sus cuatro motores Rolls-Royce Olympus, cuando un pedazo de metal de un DC-10-30 de Continental Airlines que habría dejado sobre la pista cinco minutos antes -luego de su despegue-, reventó uno de los neumáticos del tren principal izquierdo del Concorde cuando este se encontraba en carrera de despegue.

Fue el caucho lanzado a gran velocidad contra el intrado de la semi ala izquierda que provocó la ruptura del tanque de combustible alojado en aquella zona alar.

El controlador de tránsito aéreo alertaba a la tripulación desde la torre de control fuego que emanaba desde el avión. La pérdida de control del equipo, por una desestabilización lateral ocasionado por la fuga de combustible de un sólo tanque, causó el impacto en el terreno y una explosión eminente.

Las televisoras y medios impresos de la época preparaban las últimas líneas e imágenes del único y último Concorde que surcaba los cielos en llamas. A ninguna aerolínea ya le interesaba volar a velocidades superiores a la del sonido y menos con el Concorde.

El destino de 20 aviones Concorde, fueron los principales museos en Reino Unido, Francia y Estados Unidos, una joya de la aviación que a pesar de todo, triunfó.

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