Hasta Siempre, Maestro Hawking

Todavía recuerdo el momento en el que leí la última página de Una Breve Historia del Tiempo y cerré el libro. Sabía que ese huracán de conocimiento volvería a mí repetidamente durante el resto de mi vida. Me acuerdo salir al patio, tarde en la noche, y mirar las estrellas. Y entender, más allá de todo aquello que no podía entender, lo chiquitos que somos en este universo.

Cuando empecé a leer el libro, tenía una ligera idea de quién era Stephen Hawking. Cuando terminé, investigué sobre él. Su vida, la que podemos ver en un sobrevuelo en The Theory of Everything, es un viaje fascinante desde un diagnóstico de ELA a los 21 y una expectativa de vida de dos años. Un viaje que hizo con la mente, una de las más brillantes que dio la humanidad en toda su historia.

Tal vez aquello que lo llevó a la fama y a la cultura popular haya sido algo que tuvo que aceptar un poco a regañadientes. En Brief History, explicó en términos simples la existencia de dos teorías (Relatividad General y Mecánica Cuántica) y sentó las bases de la Teoría del Todo, una aproximación conjunta al inicio y continuidad –y eventual final- del universo. Acercó a la cosmología a la gente, y viceversa.

Sin embargo, nunca admiré a Stephen Hawking por sus aportes a la cosmología, la física teórica, la mecánica cuántica. Nunca. Lo admiro –hoy y siempre- por otra cosa. Breve Historia del Tiempo es el claro reflejo de una cosa a la que me aferré desde chico, y que me acompaña hoy: las cosas se entienden si se saben explicar. La misión del que sabe es que otro sepa. No dejar claro que él sabe. Y a partir de que más gente sepa, darse cuenta que hay más por aprender.  La claridad de conceptos de Breve Historia es superlativa.

Nunca nadie lo dijo tan clarito: “El enemigo del conocimiento no es la ignorancia: es la ilusión del conocimiento.” Eso es lo que hay que desterrar. Aquello que creemos que sabemos. Las convenciones erróneas por las cuales formamos una opinión son más complicadas de eliminar que la ignorancia.

La capacidad de superación a su enfermedad es otra de esas cosas que sólo puedo ver con increíble y total admiración. Nunca fue excusa. Entendió el universo -y explicó el universo- tullido en una silla, hablando a través de una máquina.

Entendió el universo -y explicó el universo-, se enamoró, tuvo hijos. Se volvió a enamorar. Dejó un legado. Puso una vara altísima. No habrá otro Galileo, no habrá otro Newton, no habrá otro Tesla, no habrá otro Einstein, no habrá otro Hawking.

El azar, elemento tan odiado y tan presente en la ciencia, quiso que Stephen Hawking nazca exactamente 300 años después de la muerte de Galileo. Esperemos que el azar pueda traernos a otra mente como ésta en menos tiempo. Como especie, la necesitamos con urgencia.

Me entristece saber que partió, porque fue -es- una influencia enorme en mi vida. Es esa maestra que te marca. Ese profesor del secundario que termina decidiendo cuál va a ser tu carrera. No tengo reparos en decir que hoy es un día triste. No voy a negar el nudo en la garganta. No voy a negar la lágrima traicionera.

El no creía en la existencia de la vida después de la muerte. Pero a mí se me ocurre pensarlo viajando por el espacio y comprobando con sus manos aquello que teorizó toda su carrera. Lo veo volando con su cuerpo libre -al fin libre- de agujero negro en agujero negro. De supercuerda en supercuerda.

Científico, Cosmólogo, Físico Teórico, Divulgador Científico. CH, CBE, FRS, FRSA. Sin embargo, me quedo con el título que más merece. El que en estos tiempos, más fácil se dice y menos gente realmente alcanza.

Gracias y Hasta siempre, Maestro.

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