¿Qué pasa cuando un pasajero fallece en un avión?

La pérdida de un ser querido es una situación muy delicada. Los trámites y la burocracia a la que los deudos se enfrentan es frustrante, costosa y burocrática, al menos en México.

Pero ¿qué pasa cuando una persona fallece a bordo de una aeronave?

Para ahondar en éste sensible tema, me reuní con una entrañable amiga y excompañera de otra aerolínea que presenció una circunstancia así, hace 12 años cuando entramos a la compañía.

Me acuerdo perfectamente, era un vuelo tecolote Morelia-Tijuana. Una señora de la tercera edad subió con su hija, a quien, después supimos, no había visto en muchos años.

Después del despegue, la señora grande se empezó a sentir mal, dijo sentirse mareada y le faltaba el aire. Avisamos de inmediato al comandante. Nosotras (las sobrecargos) solicitamos asistencia de algún médico a bordo, sin éxito; por lo que proporcionamos oxígeno a la pasajera, aunque después empeoró.

En vez de regresar a Morelia o algún otro aeropuerto alterno, el vuelo siguió hasta Hermosillo, y ahí tuvimos qué aterrizar de inmediato porque la señora ya no reaccionaba, ni siquiera tras realizarle repetidas maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) en el galley posterior.

Le volvimos a colocar en su asiento, con la mascarilla de oxígeno puesta y la cubrimos, ya que estaba inconsciente y ya íbamos a aterrizar y nadie de la tripulación estamos capacitados para certificar la muerte; rápidamente aterrizamos en el Aeropuerto Internacional Ignacio Pesqueira García, en Hermosillo, Sonora.

En Hermosillo, todos los pasajeros desembarcaron, excepto los tripulantes y obviamente la señora fallecida con su hija, quien lloraba sin parar y nos confesó que su madre estaba invadida de un agresivo cáncer y que no había mencionado nada al respecto por miedo a que se le negara viajar en avión. Llevaba a su desahuciada madre a Tijuana a morir. Tenían muchísimos años de no verse y es como si la señora hubiera esperado la ocasión para morir al lado de su hija.”

Se activa entonces el protocolo de seguridad, donde un equipo de peritos, de la Policía Federal y del Ministerio Público, subieron al avión para certificar el deceso, que había ocurrido por un infarto fulminante. La tripulación de vuelo y sobrecargos rinden su declaración al MP para deslindar responsabilidades.

Cuando el motivo de la muerte no se conoce de forma inmediata o no es evidente, el avión entra en cuarentena hasta que se determine el motivo del fallecimiento. Eso y su respectivo papeleo, preguntas y hasta horas sin poder bajar de la aeronave.

“Yo pienso que la señora no sufrió. Su cara no se me borraba. Se veían tan humildes”, menciona mi amiga mientras se acongoja al acordarse, tras 12 años del hecho a bordo de la aeronave Boeing 727-200, que entonces operaba la línea aérea donde trabajábamos.

Nuestro procedimiento en ése entonces en cuanto al manejo de una muerte aparente en vuelo no ha cambiado mucho al procedimiento actual.

Generalmente, tenemos que ser discretos, a fin de no alarmar a los demás pasajeros, informar al Comandante de la aeronave, solicitar asistencia de paramédicos, enfermeros o médicos a bordo, proporcionar toda la asistencia que tengamos (RCP, primeros auxilios, botiquines, DEA en caso de tenerlo a bordo, vigilar sus signos vitales, etc), trabajar en equipo y en colaboración completa con las autoridades correspondientes.

En el año 2015, tan sólo al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México llegaron 2 mil 581 mexicanos difuntos, según cifras de la Agencia de Protección Sanitaria de la Ciudad de México. Casi todos los grandes estados y, en algunos casos, municipios emisores de emigrantes hacia EE.UU., tienen programas de apoyo financiero para que, sin importar la procedencia del fallecido, pueda ser devuelto a sus deudos en cualquier punto de la República Mexicana; mientras que, por el contrario, en 2015 salieron tan sólo 81 cuerpos de difuntos extranjeros de México.

Para efectos prácticos, las compañías aéreas tratan el envío de un difunto como carga especial que siempre irá identificada en el manifiesto de carga y balance de la aeronave con las siglas HUM (restos mortales, o “human remains”).

La Organización Internacional para la Aviación Civil, detalla que: los restos mortales deben ir envueltos en un recipiente herméticamente sellado que puede ser flexible, o dentro de un ataúd de metal o de zinc. Este recipiente debe ir dentro de un ataúd de metal o de madera. A su vez, este ataúd puede ir protegido de un embalaje exterior para protegerlo de daños e ir cubierto de una lona para que no se vea el tipo de contenido.

Además se recomienda que vaya asegurado con cinturones de tela o fleje, que el empaque exterior indique la parte superior la ubicación de la cabeza con la leyenda HEAD (para facilitar la orientación del difunto) y que el empaque tenga el nombre completo del fallecido y el prefijo y número de guía.

En México, la Ley de Aviación Civil de 1995, en su artículo 33 hace una referencia al transporte de difuntos:

“sólo con las autorizaciones correspondientes podrán transportarse cadáveres o personas que, por la naturaleza de su enfermedad, presenten riesgo para los demás pasajeros”.

Tras desembarcar el cuerpo de la señora de la tercera edad y su hija, el vuelo HMO-TIJ se reanuda con una demora de varias horas y con casi todos sus pasajeros a bordo. Los tripulantes, por procedimiento, deben elaborar un reporte, informando a sus respectivas jefaturas sobre lo sucedido en ese vuelo.

Mi amiga concluye diciendo:

“…llegamos tardísimo a Tijuana, donde ya otra tripulación esperaba la aeronave para el siguiente vuelo. Llegando a Tijuana, todos nos preguntaban lo que había pasado. Fué muy triste. No me volvió a suceder, pero nunca se me va a olvidar.”

Agradecimiento a mi amiga, Berenice Franco Gordillo, por su testimonio para la elaboración de éste artículo.

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