Sobrevenido en el infierno; 45 años del impacto del Fairchild en Los Andes

Este es quizá uno de los accidentes más documentados y relatados por los mismos seres que vivieron la peor historia de sus vidas, que, a pesar de 45 años del impacto, es inevitable sentir ese dolor y extraño nudo en la garganta que deja sin aliento a quienes en su cabeza aún ronda la memoria y los amargos recuerdos de las experiencias, de la sensación de vació, de lo que dejó de existir y el esfuerzo de 72 días por mantenerse con vida.

Sería cuatro días los que pasarían en Chile los jóvenes uruguayos que hacían parte de un equipo de Rugby de primera división, para disputar varios partidos en ese verano caluroso de octubre del año de 1972.

“Tuvimos que hacer cosas inimaginables, que ninguna especie viviente en este planeta haría”, así lo recordaba uno de los supervivientes de la tragedia luego las terribles memorias de los momentos de canibalismo que tuvieron que experimentar para sobrevivir 72 días.

Los jóvenes e inmaduros jugadores de 19 años de edad aproximadamente, se mofaban de los movimientos de la aeronave, un Fairchild FH-227D de la Fuerza Aérea Uruguaya, matrícula T-571, que transportaba al equipo de rugby entre el viejo Aeropuerto de Mendoza, El Plumerillo, hacia el Aeropuerto Internacional de Santiago-Pudahuel (SCL), en Chile.

Superstición o no, el día del impacto fue un viernes 13 de octubre de 1972, cuando el avión de fabricación suiza, volaba a unos 15.000 pies de altitud sobre las montañas de Los Andes, en la aerovía G17.

Según recuerdan algunos chilenos quienes fueron parte del equipo de búsqueda y rescate, ese año, se registraron las peores tormentas de nieve que cubrían la hermosa pero mortífera cordillera entre los 6 y 10 metros de espesor de nieve.

El piloto al mando del avión, el capitán Julio César Ferradas, tenía un total de 5117 horas de vuelo, y no era la primera vez que realizaba la ruta entre o desde Montevideo a Santiago a través de las montañas de Los Andes; ya lo había hecho 29 veces antes del accidente.

Eran las 15:30 horas aproximadamente de ese viernes de “mala suerte” cuando el avión, luego de ingresar a un sistema de turbulencia y condiciones IMC, impactó con la semi ala derecha parte de una montaña; posteriormente, se dobló e impactó contra el empenaje seccionándolo en partes que se desmoronaban hasta impactar contra una ladra, para después deslizarse por un glaciar.

Los recuerdos de los supervivientes en el momento del impacto, es una sensación inexplicable, entre movimientos bruscos, fuertes vibraciones causada por la máxima potencia del par de motores en busca de una mayor altitud, y posteriormente, el salvaje vaivén de cuerpos, cosas, prácticamente todo lo que yacía dentro del avión… cuando se detuvo en la nieve, hubo un silencio sepulcral.

La aeronave transportaba 45 personas en total; 5 miembros de la tripulación y 40 pasajeros. Durante los primeros cuatro días, algunos de ellos, malheridos fueron muriendo. Al final, no muchos días después, los que quedaban con vida totalmente debilitados, comenzaron a pedir permiso para profanar los cuerpos y si alimentarse de ellos, como si fuera un mundo aparte, donde todas las creencias desaparecieron, y en una perfecta y nueva civilización dentro del infierno de Los Andes, que luchaba por su existencia.

Pedazos de tela de los asientos y algunas que otras frazadas eran los grandes aliados para uno de los más hostiles fríos que cualquier humano pudiera experimentar.

Luego del impacto catalogado en el informe final como un Controlled Flight Into Terrain (CFIT), tres de los sobrevivientes, salieron varias veces en expedición para localizar el empenaje del avión, donde encontraría las baterías del Fairchild, dispositivo indispensables para accionar el radio transmisor y así poderse comunicar para pedir ayuda.

A pesar de haber localizado las baterías, durante la expedición con duración de 8 días, el plan no funcionó, no pudieron comunicarse. Finalmente, otro grupo de expedición nuevamente se adentraron en medio de la crudeza de la nieve.

Caminaron durante diez días, hacia lo desconocido para encontrar algún rastro de civilización y poder rescatar a sus 14 compañeros que aún permanecían en ese avión que se había convertido en su segunda casa.

Durante esa última excursión, encontraron unas vacas pastando en un valle, poco a poco, y conforme continuaban caminando prácticamente devastados, vieron un hombre a caballo, se trataba de un arriero, el milagro había llegado tras 72 días del impacto.

La comunicación entre los supervivientes y el arriero se produjo cada quien del lado de un gran río. Fue una piedra y un papel su modo de comunicación. Cuando el arriero tomo la piedra con el mensaje, leyó:

Vengo de un avión que cayó en las montañas, soy uruguayo, hace 10 días que estamos caminando, en el avión quedaron 14 personas heridas tenemos que salir rápido de aquí, no sabemos cómo, no tenemos comida, por favor pregunte cuando nos van a buscar”.

El arriero sorprendido les dijo a señas, esperen ahí, montó nuevamente su caballo y salió a galope para comunicar el mensaje que no nada más Chile, Uruguay y los familiares esperaban… se trataba de todo el mundo que se volcó luego de la noticia.

La prensa de todo el mundo comenzó a llegar, hasta la BBC de Londres y sus periodistas estaba armados con cámaras y micrófonos para testimoniar lo que hoy en día se convirtió en una de las historias más increíbles, no solo de la aeronáutica, sino del mundo entero. Lo demás… es historia.

El avión que se convirtió en la casa, el refugió, el lugar para compartir con los más que amigos, que luchaban día a día por sobrevivir, quedará en el recuerdo hasta el último minuto de vida de todos los sobrevivientes, que, aunque, inconscientemente consciente sabían que la muerte era inminente y que una lista pintaba sus nombres; algunos se entregaron a la muerte y otros lucharon por vivir.

 

Pobres de los que estaban heridos… pobres de los que estaban muertos”.

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