Cuentos Aeronáuticos: “Vuelo 361”

El reloj del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México marcaba las 12:30, el día había estado espléndido, el cielo era  de color azul, un fenómeno raro en la Ciudad de México. El Capitán Ricardo Zavala llegó en esos momentos, era un hombre alto de estatura, de aproximadamente sesenta años de edad, su aspecto atlético, con cabellera entre cana y vestido impecablemente con el uniforme de la Compañía de Aviación en donde laboraba.

Se dirigió al Centro de Control para firmar y también para revisar quienes serían los que formarían su tripulación en el vuelo 361 con destino a París, Francia.  El Capitán Zavala tenía 22 mil horas de vuelo y este viaje sería el penúltimo.

Terminando así sus años en la aviación, esperaba con cierta emoción y a la vez con nostalgia su jubilación.  Estaba visiblemente nervioso, pues pronto colgaría las alas. El capitán Zavala era muy querido por sus compañeros, inflexible y disciplinado en su trabajo, pero fuera de la cabina era bromista y bonachón.

Esa mañana del 18 de junio, ya estaba listo para abordar junto con su tripulación, que formaban el copiloto y once sobrecargos. Terminando la reunión en donde se presentó y dio las instrucciones acostumbradas a todo su personal de trabajo, se dirigieron a la sala número 31 donde entrarían por el túnel al avión Boeing 777-300, antes el copiloto Raúl Sánchez revisó el avión por fuera y reportó al capitán que todo estaba bien.

En seguida fue revisada la lista de pasajeros que en esta ocasión era de 305, así todos ellos fueron entrando, en primer lugar los de primera clase, después clase turista y como es natural primero los niños que viajaban solos y minutos más tarde los demás pasajeros.

Los sobrecargos en sus sitios asignados ubicaban a cada persona en su asiento, según traían anotados en sus pases de abordar. Ya los sobrecargos con anterioridad habían revisado todas las medidas de seguridad del avión así como los Gallies equipados con alimentos que el personal de tierra había introducido.

Todo estaba listo. El capitán en la cabina ocupó su lugar de mando, revisó la computadora que ya estaba sincronizada con los satélites que marcaban la ruta a seguir para llegar a su destino que sería el aeropuerto de Orly en París, Francia.

El avión alcanzaría una altitud de 39 mil pies a una velocidad de 850 kilómetros por hora, el peso del despegue sería de 198 toneladas. El capitán rodó el avión por la plancha asfáltica hasta la pista 05 derecha, desde ese punto empezó la maniobra de despegue para tomar altitud. El vuelo fue tranquilo, afuera sólo el monstruoso sonido de las turbinas rompía el silencio de las nubes que se movían pasivamente hacia quien sabe que horizonte.

Después de varias horas que el 777-300 rompía el tiempo y el espacio, el capitán salió de la cabina para estirar las piernas, caminando por los pasillos sonriendo a uno que otro pasajero que lo miraba con admiración o con interrogantes. Regresó a la cabina y revisó minuciosamente los instrumentos frente de el para cerciorarse que todo estaba bien.

Ya eran las 08:30 horario de París, cuando hubo comunicación con la torre de   control que les indicaba entre otras maniobras técnicas que la pista 06 estaba libre, para que aquella mole de 198 toneladas terminara su largo viaje.

El avión viró medio círculo y se enfiló a la sala indicada con el fin de que los pasajeros fueran saliendo para dirigirse a recoger su equipaje e irse a su destino. 

Los pilotos se sentían cansados, sobre todo el capitán Zavala pues ese vuelo lo había hecho tantas veces que lo que deseaba era irse a descansar al hotel no sin antes hacer los trámites de su llegada.

Ya en su hotel se tiró en la cama para relajarse, había perdido la noción del tiempo, no sabía si tenía que comer, desayunar o cenar, sin embargo, pidió a la administración le mandaran una comida ligera.

Estaba a punto de quedarse dormido cuando le llegó por su celular una llamada de México, era su esposa, el corazón le dio un vuelco, pues ella no acostumbraba llamarle y menos a París.

Le dijo con palabras entrecortadas por el llanto que su hijo Jorge había sufrido un accidente en carretera manejando su motocicleta. El capitán le hizo varias preguntas acerca del estado de salud de su hijo, ella le dijo que Jorge estaba en uno de los mejores hospitales pero que tenía la pierna derecha rota, pero lo más delicado era la fractura de cráneo y que los doctores le estaban haciendo estudios, pues pensaban que tuviera un coágulo de sangre en un lugar del cerebro pero aun no tenían los resultados que confirmaran sus sospechas.

Todo esto lo sacó de quicio ¿qué hacer? estando él tal lejos, quería estar con su hijo. El capitán Zavala tuvo momentos de desesperación, trató de controlarse pensando que su hijo de 18 años de edad era un chico muy  fuerte y que tenía que salir bien, el capitán estaba entrenado para soportar cualquier contingencia en su trabajo pero no para controlar esa en su familia, no le quedaba otra cosa que esperar las veinticuatro horas para regresar a México. 

Todo ese tiempo al capitán se le hizo interminable, por fin llegó el momento de volver, pensaba en su hijo, los ojos se le nublaban de lágrimas recordando que le había prometido que en cuanto se jubilara harían un viaje en motocicleta costeando toda la república Mexicana hasta llegar a California.

A medio vuelo un rayo en seco iluminó la cabina del avión, su copiloto le recordó que ya les habían anunciado por radio que habría una fuerte tormenta en ese espacio aéreo por donde iban.

El avión de tantas toneladas de peso era en medio de la tormenta como de papel, balanceándose de un lado a otro, truenos y relámpagos estremecían la nave. Los sobrecargos trataban de demostrar a los pasajeros una calma fingida pues ellos también se sentían muy nerviosos, sólo que estaban entrenados para no demostrar miedo.

Pero a pesar de todo, los pasajeros estaban aterrados. Después de varias horas, la tormenta se fue quedando atrás y la calma volvió.

Por fin se acercaban a territorio mexicano, el capitán Zavala vio su reloj de pulso, eran la 15:30, calculó que estarían aterrizando a las 16:10 aproximadamente. A pocos kilómetros de distancia, llegó la hora de bajar el tren de aterrizaje, hicieron la técnica acostumbrada, pero una de las luces en el tablero indicaba color ámbar, señal que el seguro no respondía y que la pierna derecha del tren principal no estaba libre para bajar, ¿qué pasaba? algo sucedió con la tormenta.

El capitán Zavala echó mano de su habilidad y experiencia, deseaba aterrizar con los menos daños posibles, pero no estaba seguro qué pasaría a la velocidad en que el avión iba descendiendo.

Se asomó por la ventanilla y vio que como hormigas se acercaban ambulancias, carros de emergencia y varios camiones de bomberos, sabía que eran momentos muy difíciles.

Estaba consciente de que tenía la responsabilidad de la vida de 305 pasajeros, su tripulación y un aparato con carga que era de un valor de varios millones de dólares.

De pronto se sintió un terrible golpe que hizo estremecer a todos en el avión y empezó la carrera de aterrizaje por la pista que le habían autorizado. El fuselaje, al contacto con tierra, lanzó chispas y fuertes ráfagas de fuego y por fin se detuvo.

Inmediatamente se acercaron los bomberos y con grandes mangueras llenaron el avión de espuma anti-fuego, enseguida salieron los toboganes, por ellos fueron bajando cada uno de los pasajeros todos sin zapatos e iban corriendo para ponerse a salvo por si el avión explotaba.

EL Capitán viendo que todo estaba controlado se fue de prisa, atravesó salas dirigiéndose al estacionamiento, sin detenerse ni pensar que su deber era dar parte a las autoridades aeronáuticas del accidente.

Llegó a su auto, se quitó la gorra, la corbata y el saco y los arrojó al asiento trasero de su coche. Iba rumbo al hospital en donde estaba su hijo.

Cuando llegó a la antesala del quirófano su esposa estaba inconsolable, pues el jefe de cirujanos le había informado minutos antes que tenían que intervenir al muchacho, pues tenía un coágulo de sangre en una parte difícil del cerebro.

Después de varias horas, salió el cirujano en jefe y les dijo que la operación había sido un éxito, que ahora Jorge estaría en la sala de recuperación por lo menos 72 horas para ver si no habría secuelas en el habla, en la vista o en otra parte del cuerpo, la pierna derecha ya estaba debidamente enyesada y sanaría poco a poco.

Cuando el capitán Zavala escuchó lo de la pierna derecha de su hijo recordó que precisamente la pierna derecha de su avión había fallado. Le contó a su esposa lo del accidente, pero lo que estaba sufriendo en esos momentos no se comparaba con nada.

Ya había amanecido y decidieron ir a la cafetería del hospital a tomar algo. Cuando estaban allí el mesero les ofreció un periódico, era el diario “El Matutino”, con asombro el capitán leyó en primera plana: “Un avión de la Compañía Mexicana Fénix tuvo un accidente al aterrizar en el Aeropuerto de la Ciudad de México (abajo en el cintillo decía), gracias a la pericia de los pilotos, sobre todo a la del capitán Ricardo Zavala, los 305 pasajeros y la tripulación que viajaban en ese avión salieron ilesos, el capitán salió inesperadamente del aeropuerto y no escuchó los aplausos y los vivas por su hazaña”.

Leyendo esto el capitán pensó: cual hazaña, sólo cumplí con mi deber, ahora es cuando quisiera ser un héroe salvando a mi hijo, pero me siento el más inútil e impotente de los hombres, que ironía, dice el periódico que salvé a muchas personas,  pero no pude evitar el accidente de mi hijo.

Con más detalles el diario decía que debido a que la pierna derecha del tren principal no salió era que se produjo el accidente. Y precisamente la pierna derecha del hijo del capitán era la que se había fracturado, tardaría varios meses en recuperar el movimiento.

Finalmente Jorge su adorado hijo se recuperó satisfactoriamente, pero para el capitán Ricardo Zavala los dos sucesos fueron inolvidables.

Escrito por: Alma Gloria

El cuento “Vuelo 361”, fue premiado en 2009 con el tercer lugar en el Curso de Narrativa Nacional “Rumbo a los 100 años de la aviación en México”, organizado por el Colegio de Pilotos Aviadores de México (CPAM). 

Con la autorización de la autora para su publicación en Transponder 1200.

Foto: Commons Wikimedia – Sergey Kustov

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