Crónica de un periodista aeronáutico

Me ocurrió una mañana, de esas asoleadas que suelen emerger donde vivo, tome mi teléfono y note que tenía un correo, parecían nada fuera de lo habitual, un mail como todo los que llegan a diario.

Clientes, pautas publicitarias, alertas y boletines, de esos que no me gustan publicar, y es que recuerdo y me es prácticamente imposible borrar de mi mente lo que un día me dijo mi querido amigo y maestro Alejandro Torres en la sala de redacción de Grupo Audiorama: “No convirtamos el noticiero en un medio boletinero, no somos voceros de nadie, eso que llega deséchalo, salgamos a buscar la información”.

Particularmente ese correo comenzó a llamarme la atención, decidí abrirlo. Vaya que tenía algo especial, en 7 años nunca habíamos recibió tal información; de hecho, si la hubiéramos recibido años atrás, quizá no estuviera preparado para afrontar tal situación. El correo era claro y tenía que contestarse de inmediato.

Lo leí, una vez… apague la pantalla… la volví a encender, leí unas tres veces más… corrobore el mail, firma, ¿para quién está dirigido?, ¿Será una equivocación?, ¿Se tratará de una broma? De todas las preguntas, sólo una pude contestar, estaba dirigido a mí.

Caminé varias veces por la estancia, me detuve, tomé mi cajetilla, encendedor y prendí un cigarrillo. No pude terminarlo, y es que la vibración de mi teléfono me desconcentraba, miré la pantalla y era ella, la mujer de las respuestas a mis preguntas.

– Hola Roberto… ¿Ya viste el correo?

– Le contesté con disfrazada incredulidad – ¿Es verdad?

– Contesto – ¡Sí, claro!…

A partir de ese momento comenzó una hazaña de formas desproporcionadas, tenía que tomar lo mejor de mis maestros y lo aprendido durante años de carrera periodística, pues el nivel que requería esta misión era muy particular.

Después de ello, ya saben, comenzaron los preparativos, los trámites normales, envió de documentación, y prepara todo el arsenal de herramientas que servirían para captar cada segundo de lo que viviría y de lo que mis ojos serían testigos.

Los boletos llegaron, sería la aerolínea que emergió de la Alemania Nazi que me llevaría a una experiencia que sólo yo tendría el privilegió y que ciertamente nunca se borrará de mi mente.

Un día antes de partir, la gran mayoría de las cosas ya estaban resueltas. Nuevamente, con un sentido de incredulidad miré los boletos, destino, nombre, correo, confirmando nuevamente que esto no se tratara de una broma. Sabía perfectamente que no era así, pero debía de estar seguro.

Me senté frente a mi computadora, el teclado con algunas letras ya borrosas y otras tantas desvanecidas tras incalculables líneas escritas para este medio de comunicación que ha sido el mejor compañero y amigo de tatas buenas y malas rachas. No pude evitar recordar ese 26 de abril del 2011, y tampoco el esfuerzo de iniciar una empresa que se ha mantenido únicamente y gracias al talento de quienes la conforman. ¿Quiénes somos?, ¿Qué hicimos para estar aquí?, ¿Qué hemos logrado?

Como si mi mente se convirtiera en una máquina de recuerdos, varias fotografías del pasado llegaron rápidamente, comenzó ese nudo en la garganta y dolor en el estómago que solo yo y mi querida computadora fuimos testigos.

La continua lucha y esfuerzo había rendido frutos, aunque se perfectamente que no podemos estar satisfechos. Lo que estaba por llegar era el cúmulo de siete años de esfuerzo incansable, de estar y dejar ir, de enfocarse y recordar lo que se quiere, una disciplina incansable que a veces hace estragos en el cuerpo.

Las extintas transmisiones por la radio, los tantos cigarros consumidos con el paso de las líneas escritas, las buenas y malas rachas, las interminables pláticas con todos los que conformamos este medio y a veces las discusiones siempre resultas… y otros tantos recuerdos más que prefiero reservármelos, provocaron ese fuerte nudo en la garganta y dolor en el estómago, acompañada de una sonrisa con algunas gotas rondando por mis mejillas, ocasionadas, también, por algunos sueños consumados.

Tomé mi compañera de viaje que sólo Dios sabe cuántas millas a recorrido y emprendimos la aventura. Llegamos al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, directamente a los mostradores de Lufthansa ubicados en la T1, y un joven de complexión robusta me atendió.

Mostré mi pasaporte, y subí mi viajera a la báscula, pesó 11.3 kilogramos. Me dio dos boletos, uno de ellos con destino hacia el Aeropuerto Internacional de Frankfurt. Debería de tomar camino hacia la puerta 26 y antes de las 20:10 horas debería de estar listo.

Ingresé solo por unos momentos al salón VIP de la aerolínea que, por cierto, es de United Airlines. Nada fuera de la habitual, pocos viajeros sentados en las salas, un menú poco sustancioso y un tato deprimente, pero no importaba, la mejor experiencia aún estaba por comenzar.

Dadas las 20:00 horas, comencé una larga caminata hacia la puerta 26. Al llegar me percaté que la fila era muy larga. Durante la espera algunas llamadas y mensajes por WhatsApp llegaban de algunos familiares y amigos quienes me deseaban lo mejor.

Comenzamos el abordaje, me tocaría el asiento 6G, dentro de la sección de Business Class, de un avión que nunca había abordado. Se trata de la reina de los cielos, una historia que sería capaz de vivir y que quizá será la última vez, pues el Boeing 747 comienzan a despedirse del mundo.

Comencé a caminar por el pasillo telescópico, al llegar al gran Boeing 747-8i matrícula D-ABYC y como siempre lo hago, toque el fuselaje con mi mano derecha, y es que me gusta sentir esa sensación en mi mano de frío metálico, además es algo siempre hago desde que tengo uso de razón.

Del lado derecho me encontré una asistente de vuelo de edad madura, le dije “buenas noches” le mostré mi boleto, y ella me contestó en español con acento alemán: “segundo pasillo a la izquierda por favor señor… buenas noches” …

Llegué a mi asiento, dejé mi mochila color verde, miré a mi alrededor y poco podía creer que estaba dentro de una aeronave emblemática de reciente adquisición, con tan solo una vida operativa de 5.4 años, y que realizó su primer vuelo el 1 de junio del 2012 para la aerolínea alemana.

Después de acomodar mis cosas, se acercó una sobrecargo joven y alta, me ofreció una de las bebidas que sostenía en una charola; jugo de naranja, agua mineral y champaña, tomé el jugo de naranja (imagino lo que piensan) y comencé a disfrutar del vuelo.

El abordaje ocurrió rápidamente, acto seguido comenzaron a cerrar las puertas y ligeramente sentí como la aeronave subía un poco, debía ser el tractor que estaba siendo conectado al tren de nariz.

Comenzamos el remolque y las luces empezaron a apagarse, algunas otras se atenuaron y como un juego de destellos, la cabina comenzó a reflejar varias tonalidades, rojas, amarillas, blancas, etc., estábamos saliendo de la puerta 26.

Después, la aeronave de varias toneladas pudo ser capaz de romper la inercia y salir bajo su propio impulso, comenzamos el rodaje. Desafortunadamente desde mi asiento poco se podía observar, me interesaba mucho saber cuáles serían las calles de rodaje a las que habíamos sido autorizados y por qué pista despegaríamos.

Mi mente estaba trabajando al 100 por ciento, también pensé que mi querida amiga y una ferviente lectora de mis líneas podría en ese preciso momento, desde su torre de control, estar dando indicaciones al avión y me pregunté: ¿Por qué no la llamé antes?, ¿Por qué no le dije que estaría en el vuelo LH 499? En ese momento, y como si fuera una fuerte sacudida, una voz en mi mente me dijo: “Comienza a sentir y deja tanto de pensar” …

Así lo hice. Empecé a mirar las luces que el ángulo de mi asiento me permitía, volteaba a ver a los demás pasajeros y enfrente mío una larga placa que decía Business Class Lufthansa… ¡No lo podría creer! Para allá iba, y sabía que alguien muy cercano a mi estaba muy orgulloso y le dije con una voz suave, “acompáñame viejito, también tú vas conmigo”.

Don Robert, como le decían, el maestro de muchos periodistas actuales y de renombre, me estaba acompañando… y como no debiera de ser así, si yo soy su nieto preferido.

Ya con las luces apagadas, el avión se detuvo, estábamos en la cabecera de la pista 05R, hubo un silencio sepulcral. Segundos después, los 4 motores GEnx comenzaron a silbar, el piloto soltó los frenos y con una fuerza muy particular mi cuerpo se adherido al asiento, comenzó la carrera de despegue.

Ya en el aire y después de algunos minutos los anuncios de abrocharse los cinturones se apagaron he inició el comisariato, la cabina comenzó a desprender un olor a comida que prometía mucho. Los sobrecargos nos ofrecieron un menú de 3 tiempos y bebidas.

De entrada, elegí un Chateaubriand rebozado en chile con guacamole, de plato principal un filete de res a la parrilla con puré de papas y verduras frescas servidas con salsa de tomate y cebolla, y para terminar un Tiramisú.

El resto del vuelo ocurrió como lo planeado; decidí dormir un rato y ajustar mi asiento como cama, una de las bondades de la clase ejecutiva. Al despertar, encendí la pantalla frente de mí y noté que nos encontrábamos ya internados en Europa, justamente habíamos pasado Inglaterra y nos adentrábamos hacia Alemania.

Nuevamente el servicio de comida llegó, huevos revueltos con tocino y otras tantas amenidades al paladar que fueron buenas, pero desapercibidas, mi llegada al lugar donde había sido invitado se aproximaba y debería estar listo para cumplir con mi tarea, no existía otra cosa más importante.

El aterrizaje en el Aeropuerto de Frankfurt lo esperaba con ansias, las expectativas eran únicamente imaginativas ya que nunca había sentido el aterrizaje a bordo de un Boeing 747. Ocurrió, sentí una gran diferencia, sobre todo por lo alto del avión y la perspectiva que se observa desde la ventanilla.

La carrera de aterrizaje fue un tanto dura y el frenado contundente. Embarcamos y todo fue muy rápido. Salí del pasillo, y subimos varias escaleras eléctricas. Mi preocupación era las distancias y es que tenía poco tiempo para hacer una conexión hacia mi destino final, un vuelo que sería de tan sólo 1 hora y 30 minutos.

Al fin llegue a la puerta A05, donde realizamos el check-in y nos adentramos a uno túneles que bajarían a un estacionamiento subterráneo donde una transportación nos llevaría al avión que se encontraba en una plataforma remota.

El autobús recorrió gran parte del aeropuerto alemán hasta que por fin nos encontramos con el responsable que me llevaría a mi destino. Se trataba de un Airbus A320 matrícula D-AIPY, equipo ya cansado por el paso de los años, pero posando como un roble en la plataforma, el avión realizó su primer vuelo en 1991 y fue entregado a Lufthansa el 20 de marzo de ese mismo año. Posteriormente, paso a manos de Germanwings, filial de la alemana en el 2015 y recientemente, en marzo de este mismo año regresó a Lufthansa.

Fue un vuelo muy corto y con una panorámica espectacular. Recuerdo que a las 7 de nuestra posición se encontraba un tráfico que dejaba su estela, como muy seguramente nosotros lo hacíamos también.

El horizonte denotaba un frío de proporciones considerables, la noche comenzaba a caer y el sol se ponía sobre una cordillera nevada, eran los Pirineos.

El piloto al mando del A320 comenzó el descenso, sus delicadas maniobras de aproximación me dieron una mejor perspectiva de la ciudad que estaba por debajo de mí; debía de conocerla, saber cómo era desde arriba, cada detalle importaría mucho para conocer aún más la filosofía de con quienes me entrevistaría.

Pocos minutos faltaban para hacer contacto sobre una de las pistas. Rápidamente saqué la cámara Canon que mi querido amigo Alex me había prestado, y decidí hacer algunas tomas desde el aire, debía de hacer unas buenas fotografías en aproximación final.

Desafortunadamente, algunos vientos hicieron que se moviera de más la cámara y mis manos comenzaron a sacudirse por la desesperación y el nerviosismo de llegar a tan esperado lugar. Comencé a ver el aeropuerto desde el aire, aviones por todos lados, y que algunos sólo los había mirado a través de las fotografías.

Aterrizamos, la aeronave rodó hacia una puerta de embarque y comenzamos a descender del equipo. La sobrecargo que, me pareció bastante familiar, se despidió de mí y yo dé ella. Prácticamente salí corriendo del avión, ya no podía esperar más, quise tomar mi celular para tomar algunas fotos del aeropuerto y revisar un mensaje, pero me percaté que no lo traía conmigo.

Afortunadamente y sin salir aún del pasillo, le comenté a un personal de tráfico de la aerolínea que había dejado mi teléfono móvil en el asiento 3C. Una vez que todos los pasajeros salieron, y yo parado a un lado de la puerta del A320, fue la misma sobrecargo, quien con una sonrisa y el celular en su mano me lo entregó.

Volví a correr para ir por mi viajera; pasamos por un filtro de aduana, revisaron mi pasaporte y sin mayores preguntas ingresé.

Recibí un mensaje de quien fue parte de todo este proceso y a quien le debo gran parte de la experiencia, mi WhatsApp me indicaba: “La conductora está en el “Arivee 2, Hall B” … ¿Me confirmas cuando la encuentres?

Después de varios minutos en el lugar donde debería de estar, la conductora no se encontraba, o por lo menos no la veía. La noche había caído y el frío me obligaba a tomar mi cajetilla de cigarros y encender uno; ¡maldita sea! No encontraba el encendedor, pasaron unas jóvenes y guapas mujeres, con algunos tatuajes en sus brazos y quise pedirles fuego. Me dio un poco de pena, pues lo único que sabía hablar era español e inglés… pero francés, no.

En ese momento, vi a una mujer de mediana edad, cabello rubio, y una gabardina negra; su mano sostenía un folder blanco con un logotipo que pretende desaparecer y que era la señal que confirmaría que ella me llevaría al hotel. Se acercó a mí, y me dijo:

– Monsieur Martínez?

– Le contesté: Sí, yes… oui

Entre los dos nos entendíamos muy poco, el único idioma que podría ayudarnos en la comunicación sería el inglés, pero ella prácticamente no hablaba nada. Pero sabía que estaba apenada por no habernos encontrado antes.

Recorrimos una ciudad desconocida para mí, todo parecía emergido de un sueño lucido y no perdía detalle de los autos al pasar, de la autopista que recorrimos y el entronque que nos llevó a un lugar como lo pintan las clásicas películas francesas.

Se trataba de un sitio mágico, muchos jóvenes tomando vino, fumando y riendo en las aceras a lado de las estrechas calles y perfectamente delineadas. No fue un largo recorrido desde el aeropuerto cuando ya me encontraba en la entrada del hotel, se llama “Hotel Du Grand Balcon”, ubicado en la calle Rue Romiguières 31000.

Amablemente, me abrió la puerta de esa camioneta Mercedes Benz color negro, bajé y tomé mi viajera. Le agradecí a la chofer y entré al lobby.

Me recibió una mujer muy joven y bella, la conversación fue en inglés y le comenté que tenía una reservación, miró la pantalla, corroboró datos y me dio la bienvenida. Me entrego un folleto doblado meticulosamente en varias partes y en una de las caras la llave de la habitación, una tarjeta de plástico que indicaba la 321, un número coincidentemente extraordinario.

Tomé el elevador que me llevó al tercer piso, posteriormente ingresé a la habitación. Encendí las luces y el cuarto era realmente exquisito; del lado derecho un gran espejo y una pequeña mesa de trabajo con algunos trípticos, teléfono inalámbrico, lápiz, libreta y un  libro sobre los datos y detalles históricos de la ciudad. La cama con almohadas que invitaban a acostarse y sabanas perfectamente blancas, a lado de mi una pantalla Samsung y una puerta que daba al baño; tenía una tina y meticulosos acabados que denotaban cierta elegancia.

Tomé un baño rápidamente, poco antes de las 20:00 horas debería de estar en el lobby para encontrarme con una de las responsables de este gran viaje y de quien recibí el primer mensaje al llegar a esta ciudad francesa.

A las 19:55 bajé de la habitación al lobby, me encontré con Lindsy Caballero, la mujer que tanto deseaba conocer y a quien le agradezco profundamente haber sido parte del sueño. A su lado y en varias mesas del restaurante del hotel, otros periodistas que venían de distintas regiones de Latinoamérica, Colombia, Brasil, Argentina y Chile. Me presenté normalmente y salimos del hotel.

Una ciudad increíblemente fantástica, de poco más de 400 mil habitantes en su corazón. Nos dirigíamos hacia un restaurante llamado “Le Bibent”, lugar obligado de visita, según nos comentaba Lindsy.

Al llegar, la atmósfera era única, esperé escuchar de fondo a Édith Piaf, pero no ocurrió así; mi romanticismo idealizado no estaba acorde a la época, pero si a los detalles que esbozaban un lugar más que mágico emergido de la posguerra.

Nos sentamos y comenzamos a platicar del viaje, nos preguntó qué era lo que queríamos beber y nos entregaron las cartas. Conversamos un poco más, planeamos lo que sería el día siguiente de acuerdo a la agenda y se detallaban los pormenores de la misión a la cual habíamos sido encomendados.

Ya entrados en la plática y con más confianza, comenzamos a ordenar. El festín recetado aquella noche de otoño en Toulouse, Francia, fue el principio de una gran aventura para este amante de la aviación que sólo quería y debería estar ahí.

Al regresar al hotel, me despedí de todos, quería estar un momento a solas. Me recargué en una de las paredes del arco de la entrada del hotel y ya con encendedor en mano, fumé el primer cigarro después de tantas horas. Con la mente en blanco, solo escuchaba, sentía el frío, observaba las edificaciones y a la gente que caminaba con una tranquilidad particular, al fin había llegado al lugar que tanto había deseado.

Al subir a la habitación, quise escribir, no pude, no sé por qué… Quizá el cansancio se había apoderado de mí y tenía que estar con la mayor energía posible para la misión tan anhelada. Dejé cargando mi celular, la cámara y la tablet, herramientas indispensables para la cobertura.

Al día siguiente, una camioneta muy parecida a la de una noche anterior nos llevó al lugar. Llegamos, descendimos de la camioneta en una estación, ingresamos y di mi pasarte como identificación, ya tenían preparado un gafete con mi nombre, se leía: “Roberto MARTINEZ” TRANSPONDER.

Volvimos a subir a la camioneta y llegamos a otra sección del complejo, descendimos y caminamos por un pasillo muy largo. Casi al final del lado derecho, una puerta abierta, yo entre al último. Al ingresar había un hombre parado, casi de mi estatura, con traje azul quien me estrechaba la mano. De él sólo sabía que sería el hombre capaz de responder a todo mi arsenal de preguntas.

Una persona humana, muy educada, cálida y de esas que te invitan a reproducir lo mejor de ellas; por algún momento me pasó por la mente- “me gustaría estar en sus zapatos”-. Le di mi tarjeta de presentación, el hizo lo mismo; la leí y decía Joaquin Toro-Prieto, Head of Market Analytics & Messaging, Marketing Division, Costumer Affairs, Airbus.

Acto seguido, me senté y frente de mí una bolsa de color blanca que se leía: “Mr. Martínez Armendáriz”. Es precisamente en ese momento que comenzó todo, estaba en el corazón de Airbus, donde todo pasaba, en la planta de ensamblaje final de prácticamente todas las aeronaves, del fabricante europeo del quien todos habla, del quien he escrito incontables líneas, y uno de los Reyes de la aeronáutica y del espacio de nuestro planeta.

Hubo un día alguien que me pregunto: Roberto ¿qué es para ti la disciplina? Después de varias respuestas de lo que yo pensaba que era, y no satisfecho mi interlocutor, me dijo: “Disciplina es… recordar lo que se quiere”.

Agradecimientos especiales a:

  • A mi familia Transponder 1200
  • Airbus S.A.S.
  • JeffreyGroup
  • Alix De Waziers
  • Rodrigo Martínez
  • Lindsy Caballero
  • Joaquin Toro-Prieto
  • Inigo Burgaz-Aranguren
  • Sara Ricci
  • Sonia Cambarrat
  • Martin Fendt
  • Familiares y amigos

Después de haber leído mi crónica, estas fotos las considero la cereza del pastel.

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