Vuelo 243 de Aloha Airlines

Co-Pilot: Maui tower, Aloha two forty three, we’re inbound for landing. We’re just, ah, west of Makena, descending out of thirteen [13,000 feet], and we have rapid depr – we are unpressurised. Declaring an emergency. Declaring an emergency…

Transcript of the Cockpit Voice Recorder (CVR)

28 de abril de 1988. El Capitán al mando, Robert L. Schornstheimer y la Primer Oficial, Madeleine Tompkins, subieron a los controles del Boeing 737 de Aloha Airlines pensando que sería una jornada de trabajo como cualquier otra. 

Hace treinta años, el mundo quedaría absorto ante la increíble hazaña del vuelo 243 de Aloha Airlines, pues después de que la aeronave sufriera una descompresión explosiva y el techo del fuselaje se desprendiera, la tripulación logró aterrizar con 94 de 95 vidas a bordo, siendo la veterana sobrecargo, Clarabelle Lansing, la única que no sobrevivió.

La aeronave, un Boeing 737-200, fue de los primeros de la flota del operador hawaiano Aloha Airlines. Construido en 1969 contaba ya con veinte años de funcionamiento, 35.496 horas de vuelo en bitácora y 89.680 ciclos (despegue y aterrizaje hacen un ciclo). Este sería su último vuelo. 

El despegue se daría a las 13:25LT (GMT-10) conforme itinerario de la isla de Hilo sin ninguna anomalía, transportando 90 pasajeros y cinco miembros de tripulación (Sobrecargos: Michelle Honda, Jane Sato-Tomita y la Jefe de Cabina Clarabelle Lansing) con destino a Honolulu. 

Alrededor de las 13:48LT -veinte minutos después del despegue- el avión se nivela en su altitud crucero a 23.600 pies, al hacer todos los ajustes de potencia y las listas correspondientes, de manera violenta se rompe una sección del techo y gran parte del fuselaje en el lado izquierdo del 737.

El capitán informa de un brusco ajetreo y un control del avión bastante inusual; la primer oficial se da cuenta que en la cabina flotan piezas de aislamiento, al mirar hacia atrás, la escena es aterradora. Desde la cabina pudieron ver como la puerta de seguridad de la cabina había desaparecido y podían ver, literalmente, el cielo desde su puesto de mando donde antes estaba el techo de la primera clase. La descompresión explosiva arrancó una gran sección del techo de la mitad superior del revestimiento de la aeronave que se extendía desde el final de la cabina de pilotos hasta la zona donde se encontraba la clase turista.

El avión vuela a 23.600 pies de altitud, completamente despresurizado, con parte del techo desprendido y muchos de los pasajeros expuestos a la cortante de viendo de -20 ºC. Importante mencionar que gracias a que la señal de cinturones permanecía encendida, los pasajeros estaban sujetos a sus asientos; la única en ser succionada por la atmósfera fue la Jefe de Cabina Clarabelle Lansing, de 58 años de edad; según los relatos posteriores, se encontraba de pie cerca de la quinta fila de asientos al momento del accidente.

Imaginemos también los miles de objetos por los aires mientras las máscaras de oxígeno caen frente a cada pasajero. Como piloto puedo decirles, asegurarles, que lo que pasaba por la cabeza de los pilotos era el miedo de que en cualquier momento se pudiera desprender -por las fuertes tensiones- lo que queda de la estructura, separando alas, motores, empenaje y cabina. Por tanto, la solución, de existir, debía ser pensada extremadamente rápida.

Con una impecable serenidad, el Capitán Schornstheimer dirige el Boeing al aeropuerto más cercano, en la isla de Maui. Pasaban los minuto y mientras se acercaban al aeropuerto veían como el agujero del avión se hacía más grande, pienso en los gritos de angustia y miedo de los pasajeros que quedaban silenciados  por el fuerte silbido del viento que arrasaba con todo aquello que no estuviera sujeto.

Trece minutos después del incidente y con un descenso vertiginoso, el avión consigue hacer un aterrizaje de emergencia en la pista del Aeropuerto de Kahului, activando todos los procedimientos y desplegando los toboganes de emergencia para evacuar a todos los pasajeros de manera rápida.

Esta es una hazaña digna de contar, el resultado final de este aterrizaje sin precedente fue: Una persona desaparecida, 65 heridos leves (la mayoría por el golpe con algún objeto tras la despresurización), y ocho heridos de consideración. A pesar de la extensa búsqueda que se llevó a cabo, el cuerpo de la sobrecargo Clarabelle Lansing jamás se pudo encontrar. La pieza de fuselaje que se desprendió, tampoco.

Como en todo accidente aeronáutico se abrió una investigación oficial. La Junta Nacional de Seguridad del Transporte (NTSB) determinó que la causa probable de este accidente se debió al programa de mantenimiento de Aloha Airlines al no detectar la verdadera causa del mismo. Según el informe, el incidente se produjo por fatiga del metal y las partes habían superado su vida útil, el avión había estado demasiado expuesto a la presurización/despresurización, por tanto, se crearon fracturas que terminó en lo que ya se contó. 

Hoy es muy difícil que un incidente de estas características vuelva a ocurrir. Aprendimos de esto y la industria llevó a cabo un profundo cambio de mejoras en los procedimientos de mantenimiento y en los diseños y fabricación de los aviones. Las investigaciones concluyeron que gracias a la destreza de los pilotos la situación no se tornó en una catástrofe.

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