Perros en el Espacio: Gracias y Perdón, Laika

Cuando era chico, una de las historias que más me gustaban era la de Laika, y con bastante frecuencia le pedía a mi papá que me la contara antes de dormir. Y mi viejo me contaba que a Laika la rescataron de la calle, la entrenaron y la mandaron a viajar por el espacio. Y yo me la imaginaba allá arriba sola, extrañando, pero viajando y descubriendo estrellas.

Al crecer fui ganando detalles, mitad por curiosidad y mitad por sentido común. Aprendí que en el apuro por llegar a lanzar la misión Sputnik 2 el día del 40 aniversario de la Revolución de octubre, no se diseñó un dispositivo de retorno: era una misión sólo de ida. Descubrí que había vivido cerca de una semana, y que se quedó dormida.

Después, me enteré que durante el reingreso a la atmósfera, se desintegró con el resto del Sputnik 2 en abril de 1958. Fue tristeza tras tristeza ir creciendo y aprendiendo. Pero el golpe más grande lo recibí en 2002, cuando la ex-Unión Soviética desclasificó documentos y reveló que Laika murió entre cinco y siete horas después del lanzamiento, presa del pánico y del calor generado por la falla de uno de los propulsores.

Aún hoy, casi con 40, me estruja el corazón pensar en Laika. Pero es tanto lo que le debemos los humanos que lo mejor, siempre será agradecerle. A ella, y a unos cuantos colegas cosmonautas. Mucho antes de poner a un hombre en el espacio, la exploración espacial se cimentó con animales. Antes y después, la carrera espacial tuvo a muchos de estos héroes con patas. Repasaremos la historia de algunos.

Nos vamos a centrar en los perros, ya que las primeras pruebas con animales se hicieron con viejos conocidos de la investigación científica: moscas de la fruta. En 1947, Estados Unidos envió por sobre la línea de Karman (el punto en el que se encuentran la atmósfera terrestre y el espacio exterior: 110.000 metros) un cohete V2 capturado a los Alemanes tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.  En él, una pequeña muestra de moscas de la fruta, que ayudaron a estudiar la exposición a la radiación.

Con respecto a los perros, los científicos soviéticos decidieron elegirlos por su facilidad para el entrenamiento: rescataron perros de la calle y los cuidaron y alimentaron. Además del acto de bondad y la facilidad para retenerlos, pensaron que los perros callejeros estaban más preparados para condiciones extremas que aquellos con hogar. Eligieron para las misiones a las hembras, por su carácter. En total, hubo 57 misiones con perros. Aquí, algunos de ellos.

Dezik y Tsygan

Fueron los primeros perros en realizar un vuelo suborbital, en 1951, a bordo de la versión soviética del cohete alemán V2: el R-1.  Volvieron ilesos, lo que los convirtió en los primeros mamíferos en retornar a la tierra tras una misión espacial. Dezik realizó una segunda misión con otra perra de nombre Lisa, pero no sobrevivieron. Tras la muerte de ellos, Anatoli Blagonravov adoptó a Tsygan, que vivió con él hasta que murió de viejo.

Bolik y ZIB

Un par de días antes de su vuelo programado, en septiembre de 1951, la cosmonauta Bolik prefirió escaparse. Afortunadamente, cerca de las barracas del centro espacial andaba una perrita, a la que le pusieron ZIB (Zamena Ischeznuvshemu Boliku: Reemplazo de Bolik Perdida), entrenaron en tiempo récord y enviaron al espacio. ZIB fue incorporada al programa, pero no volvió a volar: Bolik jamás volvió.

Damka y Krasavka

Las dos perritas tenían como plan hacer un vuelo orbital en diciembre de 1960 como parte del programa Vostok. Sin embargo, jamás alcanzó esa altura: por fallas en el equipo, tras llegar a 214km de altura, volvió a ingresar a la tierra. Como parte del procedimiento de emergencia, había mecanismos de eyección de las perras, pero no funcionaron. La cápsula que las llevó al espacio aterrizó intacta sobre la superficie.

Por esas cuestiones de la guerra fría, y para evitar que un enemigo con ganas se quede con los restos para investigar, la cápsula tenía un mecanismo de auto destrucción adicional, que inutilizaría el vehículo a las 60 horas. Cuando los equipos de rescate Soviéticos llegaron a la cápsula, era de noche y no podía trabajarse sobre el mecanismo. Los equipos reportaron que el exterior del vehículo estaba congelado y que no se oía actividad adentro de él. La temperatura exterior era de 43 grados bajo cero.

A la mañana siguiente, mientras rescataban la cápsula semienterrada en la nieve, se escucharon ladridos. Tanto Damka como Krasavka estaban bien, y fueron enviadas a Moscú donde las recibieron con honores militares. Krasavka fue adoptada por Oleg Gazenko. Tuvo varias camadas de cachorros y vivió con los Gazenko hasta que murió de viejita 14 años después.

Y dejé para el final la historia más linda y representativa de toda la historia de los perros asignados al Programa Espacial Ruso.

Belka y Strelka

El 19 de agosto de 1960, Belka y Strelka, además de un conejo, 42 ratones, moscas, plantas y hongos fueron los primeros organismos en realizar una órbita alrededor de la Tierra y regresar vivos. Tras ese éxito, fueron elevadas a la categoría de heroínas nacionales y desafectadas del servicio, como recompensa por lo que hicieron. Se quedaron en la base, porque era su hogar. Ahí es donde Strelka conoció a Pushok, un macho que participó en varias pruebas pero nunca voló en ninguna misión.

Strelka tuvo seis cachorros con Pushok. Uno de estos cachorros era una nena llamada Pushinka, que fue regalada por el Premier Soviético Nikita Kruschev a Caroline, hija de John Fitzgerald Kennedy en 1961.

En la misma Casa Blanca donde vivía Pushinka, había un perro llamado Charlie. Un tiempo después, Charlie y Pushinka eran papás:

Les pusieron Pupniks, combinación entre “pup” (cachorro) y el final de Sputnik. Los nombres? Butterfly, Streaker, White Tips y Blackie. Se recibieron cerca de 5000 cartas de gente que quería adoptar uno de los cachorros. Butterfly y Streaker fueron entregados a dos chicos que enviaron cartas. Los otros dos pupniks, quedaron al cuidado de familias amigas de los Kennedy.

Aún hoy, los tataranietos de Strelka se pueden rastrear, en los hijos de Pushinka o en sus otros cachorros, en la actual Rusia. Hijos de un programa que nos dio el espacio, a base de sacrificios enormes de estos héroes. En Laika, en Strelka, y en tantos otros héroes, vaya mi agradecimiento por la lealtad, y vaya también mi pedido de perdón por abusarnos de ese vínculo.

La utilización de animales en experimentos es un área gris. Muy gris. Y más, cuando la decisión sobre la misión fue política. De hecho, el mismo Oleg Gazenko dijo en 1998 que “trabajar con animales fue un sufrimiento diario para nosotros. Los tratábamos como bebés que no podían hablar. Más pasa el tiempo, y más me lamento de lo que hicimos. No tendríamos que haberlo hecho. No aprendimos lo suficiente de esa misión para justificar la muerte de Laika.”

Aun cuando hoy sé casi todo lo que hay que saber sobre esa misión en la que Laika se hizo eterna, prefiero seguir pensando que lo último que recuerda es el beso en la nariz que le dio el técnico que cerró su escotilla antes del despegue. Y que por ahí anda, contándoles a los perros que van al cielo las estrellas que conoció ella mientras anduvo recorriendo el espacio.

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