Haciendo barriles en jet privado, manito… Con pasajeros

Hay muchas anécdotas que nacieron en la época romántica de la aviación de los 60s, 70s y parte de los 80s; pero un aviador que logró plasmar su nombre en las memorias de todos sus contemporáneos y que también merece que nuevas generaciones lo conozcan,  es sin duda el Capitán Teodoro Moreno «El Charro».

Eran las primeras épocas del Jet en la aviación mexicana y el Charrito fue un adelantado a su época. Según los mitos, fue el primer piloto de Learjet en el país y sentó precedentes que muy posiblemente nunca se volverán a ver. El Charrito hizo todo lo prohibido en aviación… antes inclusive de que fuera aún prohibido (decentemente y sin temas de mala moral ni mafiosas).

Y una de esas grandes anécdotas primeras que publicamos en el Anectodario Aeronáutico de InterXtra Aviación de la gran figura del Capitán Moreno, pasó a finales de los 70s o quizá al principio de los 80s, en un vuelo con origen en Acapulco y con destino a la hoy llamada Ciudad de México, cuando aún se podía aterrizar ahí en aviación ejecutiva.

Un reconocido empresario de esa época, a quien llamaremos «Don Silvio» -para no decir su nombre real- mandó su flamante Learjet a Acapulco a recoger a unos amigos de la familia para traerlos a México de regreso después de unas vacaciones.

Don Silvio, su círculo más cercano y la gente de aviación de la época sabían bien quien era «El Charro» y como era su peculiar forma de ser… y de volar, pero los pasajeros de ese día no lo sabían, hasta que llegaron al aeropuerto.

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Se dice en el argot de la Fiesta Brava que «para ser torero hay que parecerlo» y nadie mejor que el Charrito para ser la excepción de la regla. Quizá en la época más elegante para abordar un avión y que los pilotos aviadores fueran reconocidos por sus impecables atuendos y gallardía al portarlos, el Charrito resaltaba por vestir de jeans, playera y gorra beisbolera que desentonaba con las modas aeronáuticas.

Al ser así, los pasajeros no reconocieron al Charro a su llegada, pero él si y les pidió que abordarán ágilmente para salir a la brevedad, pues él ya tenía prisa por el mal tiempo que parecía que se iba a formar en México… O al menos eso les dijo para no discutir, pues realmente el quería llegar a tiempo para ver su partido de fútbol y no tenía tiempo que perder.

Como le mencioné al apreciable lector unas líneas atrás, todos en el mundo aeronáutico conocían al Charro, menos los inocentes pasajeros que aún no conocían sus travesuras, pero no tardarían mucho en llevarse una probadita cuando el Cap. Moreno y su copiloto, quienes acababan de despegar, iban en ascenso positivo, guardando flaps y tren de aterrizaje de pronto escucharon la voz de su gran amigo el Controlador Aéreo de Acapulco diciéndole la frase que tanto le gustaba al Charro: «¿Se puede, manito?»

Al capitán Moreno le brillaron los ojos, volteó para atrás a ver a los nada agradables pasajeros que casi le hacen perder el primer tiempo de su partido de fútbol por no apurarse, dibujó una sonrisa chueca con el costado derecho de la comisura de los labios, aclaró su garganta y contestó con gran claridad al controlador: «¡Cómo no!, faltaba más, manito».

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Hizo unos cálculos rápidos en su mente, vio por unos segundos la poca carga del combustible que traía, pues era un vuelo corto, volteó de nuevo a contar y examinar a sus pasajeros con una rápida mirada fija en cada uno de ellos y aplicó un rápido giro de 180 grados mientras guiñaba un ojo a su copiloto, quien con esa capacidad de leer la mente e interpretar el pensamiento de su compañero, entendió totalmente la situación y esbozó también una sonrisa al momento de ver cómo acomodaba el cuerpo el Charro en controles y pedales mientras picaba el avión para ganar velocidad y ejecutar un paso bajo por la trayectoria de la pista.

Los pasajeros, alarmados y sin previo aviso de la maniobra, comenzaron a preocuparse pensando que algo muy malo sucedía. El Charrito vio su indicador de velocidad con satisfacción, fijo la vista en el horizonte natural y exclamó a su copiloto: «¿Listo, manito?… 1…2…3… y 4…. ¡Vámonos!» Mientras ejecutaba un barril a poca altitud y gran velocidad, al más puro estilo Blue Angels, sobre el terreno mientras los espectadores en la torre de control y de los hangares exclamaban de júbilo, pero también mientras los pasajeros gritaban pero de terror y confusión.

Durante el vuelo y al aterrizar, los enfurecidos y espantados pasajeros amenazaban al aviador diciéndole cosas como «En cuanto Don Silvio se entere de lo que hizo se va a arrepentir, capitán, ¡Ya verá como queda de patitas en la calle!» Ante lo cual el Capitán Moreno solo sonreía y tomaba a la ligera las amenazas sin esbozar ninguna preocupación.

No acababan de llegar a Ciudad de México los enfurecidos pasajeros cuando ya le contaban todo lo ocurrido a Don Silvio, el dueño del avión, quien lejos de enojarse o sorprenderse les decía «¡¿De verdad hizo eso el Charrito?!, ¡Ah qué muchacho ese!, ¿Y cómo lo sintieron?, ¿Verdad que no hay nada como eso para sentirse vivo?»

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«Pero… Don Silvio, ¡Casi nos matamos!, ¡Y en tu avión nuevo que costó muchos millones!, ¡¿No te das cuenta?!, ¡Despide a ese irresponsable!», le replicaban atónitos los amigos de Don Silvio, pero él solo reía y restaba importancia. Al final, la conexión y el respeto mutuo entre el Charro y Don Silvio eran irrompibles, una relación forjada con la ardua experiencia en los negocios de Don Silvio y de una nada ortodoxa pero muy eficiente carrera de miles de horas de vuelo que forjaron la leyenda del Capitán Jesús Moreno, «El Charro».

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    Por: Luis E. Sanders – InterXtra Aviacion

    Piloto Aviador Privado, Lic. en Administración de Empresas y licencia de Locutor para Radio y TV tipo A. Desarrollador de negocios internacionales enfocados en aviación y editor de la revista InterXtra Aviación.

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