Mercado aerocomercial Argentino post PASO: Ojalá vivas en épocas interesantes

Regularmente se dice que esta frase es un proverbio Chino, que puede ser considerado un buen deseo o una maldición. En rigor a la verdad, el origen de la frase no es chino, es inglés. Pero podría ser argentino.

A partir del resultado del domingo -esperable, aunque lo que sorprende es el margen- el mercado aerocomercial Argentino se encuentra con una serie de preguntas que, en el mejor de los casos, esperaba hacerse más hacia la primavera. La más abarcativa sería la clásica: y ¿ahora?

Como ya saben los lectores habituales, he bancado desde un principio la Revolución de los Aviones como concepto, y he sido crítico con varios puntos de su ejecución. No debería aclararlo, pero nunca falta el descolgado. A esta altura de las cosas, lejos estoy de necesitar justificarme. Pero la grieta es tan grande que todo lo atrae. Sigamos.

El plan que ideó el gobierno para duplicar el transporte aéreo adolece de tres factores fundamentales: capacidad de adaptarse a las variables del entorno, confundir velocidad con evolución y por momentos detenerse en detalles de baja prioridad y no definir cuestiones fundamentales. Aun así, los números macro muestran un incremento importantísimo de pasajeros. Muchos de ellos, primeros voladores. Muchos aprovecharon los bajos precios, las promociones, las nuevas clases tarifarias. Pero una de las cuestiones más antipáticas de la economía es que, tarde o temprano, es ineludible. El contexto se impuso, llevándose puestos a todos los operadores.

El año pasado, mientras el dólar pegaba el estirón que lo llevó de 28 a 40, se anunciaba la eliminación del piso tarifario. Si bien en ese punto era casi simbólica por los valores que manejaban las bandas, fuimos pocos los que nos preguntábamos en ese momento cómo iba a dar la cuenta si la guerra de precios arrancaba en el mismo momento en el que los costos de operación subían un 30%. Y todos -me incluyo- nos deslumbramos con los precios. Esa medida, reclamada por las compañías low-cost, permitió ventas récord que se tradujeron en pasajeros transportados récord. Ahora, a la hora de hablar de rentabilidad de la operación, bueno. Pasaron cosas.

Este último domingo también pasaron cosas y casi seguramente la política aerocomercial de este país cambie como mínimo los ejecutores. Será fundamental, sensato y necesario -aun cuando suene utópico- que si finalmente cambia el signo político de la administración se haga una transición ordenada y que aquellos pasos correctos de la RDA que se han dado y que estén por darse se mantengan y se trabaje para corregir aquellos pasos que necesiten revisión.

Tal vez el punto más controversial sea el más fácil de acomodar: el rol de Aerolíneas Argentinas. Como señalé varias veces, es primordial definir y mantener una estrategia de operaciones para la compañía que tenga en cuenta su situación particular: por un lado, un operador clave en el mercado aerocomercial nacional. Por otro, un actor que tiene objetivos distintos al resto a partir de su pertenencia al estado.

¿Quién tomará las riendas de AR? Más allá del nombre propio, ¿qué perfil de mando tendrá? ¿Uno independiente de los vaivenes políticos y centrado en la operatoria de la compañía? ¿O será alguien que ejecute sin más los designios del Poder Ejecutivo? A partir de esta elección, la pregunta que queda es cruda y simple: ¿cuál será el rol de Aerolíneas Argentinas, y qué herramientas tendrá para cumplir dicho rol? ¿Se buscará la rentabilidad a toda costa o primará el rol social y de conectividad de la empresa? ¿Contará con recursos para reequipar su flota de Larga Distancia? ¿Iniciará finalmente el retrofit de cabina para competir de igual a igual en los tramos domésticos? ¿Vendrá el reemplazo de los Embraer?

Alberto Fernández buscó tranquilizar -no sin cierta tosquedad, al incluir la expresión “cielos abiertos”- al personal de Aerolíneas y habló de una “recomposición”. Dicha recomposición deberá incorporar una visión concreta de la realidad del país, de la compañía y del mercado en el que la aviación nacional hoy juega, para a partir de ahí ver qué medidas tomar.

Creo que la apertura del mercado en este punto es irreversible, y desandar parte del camino para proteger a la línea de bandera es un retroceso. Creo que, más que recomponer, lo que hay que hacer es darle a AR las herramientas que necesita para competir en donde puede, y asumir que hay rutas y servicios en los que las leyes de oferta y demanda no son la última ratio.

En ese baile también entran los gremios, que deberán mirar la misma foto para revisar posturas y condiciones. La dicotomía sigue estando tan viva como hace años: el equilibrio de ser un socio de negocio de la empresa que los emplea mientras se defienden derechos o ser talibanes defensores de un statu quo al que en algún momento le llega su San Martín. Como ya he dicho, el debate es entre quienes entienden que el éxito del sistema ayuda a la causa y los tarzanes de maceta que eligen ser los monarcas de una aviación chiquita. Algún lugar en el medio donde se encuentren puntos en común debe haber.

La incógnita sobre el resto de los actores es tan simple o compleja como querramos verla. Lo puse hace unos días en Twitter: si ningún operador ganaba guita con el dólar a 45, menos que recontra menos lo hará con el dólar a 60. Será entonces cuando veamos cómo resisten los operadores, si es que lo hacen. Quienes tengan mejor espalda financiera, proyecto a largo plazo y entendimiento de que invertir en Argentina es, ponele, complicado, sobrevivirán. Quienes carezcan de estos ingredientes la tendrán más complicada, y no podemos descartar que alguna deje de operar. Crudo como suena, ha pasado en países con mucha menos volatilidad que el nuestro, y si hay algo de lo que carecemos es de excepcionalidad.

Será cuestión de consolidar lo avanzado, corregir lo que está mal y seguir apostando a una aviación Argentina que crezca. Más allá del color político, es lo que todos queremos. Los tiempos que vienen son interesantes, y eso puede entenderse como un deseo o como una maldición. Está en nosotros.

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